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✠ EL VEREDICTO DEL CENTINELA ✠

✠ PRÓLOGO: LA ARTESANA DE QUIMERAS ✠

En los márgenes del tiempo, floreció una doncella que poseía el don de las mil caras. No por falsedad, sino por un arte antiguo y noble: la alquimia de la propia imagen. Era una artesana de sueños, capaz de tejer sobre su piel las vestiduras de guerreros de tinta y damas de reinos lejanos, prestando su aliento a leyendas que, sin ella, dormirían en el papel. No se ocultaba tras la máscara, sino que la usaba para invocar la magia que este mundo gris ha olvidado, caminando entre la multitud con la majestad de quien habita dos mundos a la vez.

Fue precisamente ese don de transmutación lo que cautivó a este centinela. Pues allí donde vos os volvíais etérea y mutable como la niebla de vuestras fantasías, yo fui forjado para ser la única certeza en vuestro mundo de ilusiones.

✠ I: EL LINAJE DE LA PIEDRA ✠

Mucho antes de que el metal ciñera mis costillas, mi espíritu ya había reclamado para sí la disciplina de lo inexorable. No fue la ausencia de calor lo que me endureció, sino mi rechazo instintivo a su abrazo. Pude haberme rendido a las canciones de cuna y al lecho mullido que adormece la voluntad, mas fui yo quien apartó la mano del consuelo para buscar la tutela del viento del norte. Nadie me impuso el dogma del silencio; lo bebí por sed propia. Mientras otros infantes perseguían mariposas en los prados de la inocencia —libres y risueños—, yo me sometía voluntariamente al arte de la inmovilidad, fascinado por la dureza, adiestrando mis propios ojos para sostener la mirada al sol hasta que las lágrimas, por pura voluntad, aprendieran a no nacer.

Fue bajo esa premisa que mi juicio maduró antes que mi cuerpo. Desprecié lo efímero: no anhelaba el juguete que se quiebra, sino la espada que perdura. Mi aspiración no era la felicidad —esa moneda de cambio de los débiles—, sino la solidez. Soñaba con ser montaña en un mundo de nubes, un bastión donde la ley pudiera descansar sin temor a derrumbarse. Crecí observando cómo el caos devoraba a los desprevenidos, y juré ante altares de piedra fría que mi vida no sería una hoja al viento, sino el yunque donde el destino se rompe los dientes. Así, niño anciano, maté al soñador para que pudiera nacer el guardián.

✠ II: LA FORJA DEL CUSTODIO ✠

Y mientras vuestra danza se pierde en la niebla, yo permanezco inmóvil. Camino como un peregrino entre las ruinas de una era que ha borrado de su lengua la palabra honor. A mi alrededor, contemplo almas de cristal —frágiles como la vuestra— que estallan ante el menor soplo del destino, y lealtades líquidas que adoptan la forma del recipiente que las contiene. Me reconozco como un náufrago de la historia, un caballero varado en costas extrañas donde el juramento no vale más que el aliento que lo pronuncia. Mi código no es rebelión, es memoria; soy el último vigía de una llama sagrada que vuestro siglo se empeña en extinguir.

Fue bajo esta ley severa que os estudié. Mis ojos, adiestrados en la desconfianza, ignoran la solidez aparente de las murallas para posarse en la fatiga del mortero. Donde el vulgo admira una fortaleza inexpugnable, yo detecto la piedra falsa, el cerrojo corroído, el sendero que la guardia olvidó. No busqué vuestra grieta para la conquista, sino para probar el temple de la piedra. Mi mente es un ariete perpetuo que golpea en silencio las puertas de la realidad, y al hallaros, busqué el fallo en el diseño divino para discernir si vuestros cimientos soportarían el peso de mi mundo.

Para custodiar el umbral, es menester poseer la astucia del intruso. Domino las artes de la sombra no por malicia, sino por necesidad sagrada. Solo quien conoce la alquimia del veneno es digno de custodiar el manantial. Mi armadura lleva grabada la cartografía de mil derrotas simuladas; estudio la oscuridad con devoción monástica, no para habitarla como vos en vuestros festejos, sino para saber con precisión quirúrgica dónde alzar la antorcha cuando la noche reclame su tributo.

He aquí nuestra disonancia primigenia: No hallo gozo en el estruendo, sino en la arquitectura del silencio. Mi mente es una forja donde el caos se doblega ante la voluntad, donde cada pieza debe encajar con la exactitud de un mecanismo celeste. Mientras vos buscáis la distracción para no sentir, yo busco el aislamiento para edificar. En la lectura de los patrones ocultos que rigen el mundo, encuentro la paz que el ruido niega. Soy el arquitecto de mi propio destino, y en mis planos no hay santuario para el azar que vos veneráis.

✠ III. EL ESPEJISMO EN EL CLAUSTRO ✠

Aun sabiendo que somos materia opuesta, bajo la celada de la bestia y con el vigor del guerrero, me presenté ante vuestro juicio en aquel baile de máscaras. Fui, para vuestra retina, una escultura de acero y voluntad; un diseño de mármol que cautivó la superficie de vuestro deseo. Y por un instante, vuestra mirada logró lo que mil batallas no pudieron: agrietar el muro. Sentí el vértigo de quien, habituado al abismo, se descubre deseando caer.

Bajo el amparo del firmamento, aquel jardín renunció a su naturaleza profana para volverse, por un instante, un claustro de confesiones. Allí, sentada junto a mi sombra, creí vislumbrar no a la doncella de las fiestas, sino a la compañera definitiva del exilio; aquella capaz de abjurar del teatro mundano para erigir conmigo un reino de tierra, sangre y silencio fértil. Soñé que vuestras manos estaban prestas para la crianza y el fuego del hogar, para fundar un linaje sagrado lejos de la vanidad. En la trampa de esa belleza nocturna, mi espíritu cometió la noble imprudencia de proyectar una eternidad en un parpadeo. Fue, ay de mí, la quimera de un sediento que vio manantial donde solo había arena.

✠ IV. LA DISONANCIA DE LOS REINOS ✠

Mas en la penumbra de la confesión asomó una verdad hiriente. Entre vuestras palabras danzaban frivolidades doradas y brillos de superficie, ajenos a la gravedad que yo porto sobre los hombros. Y cuando mi voz alzó la exigencia del altar como único umbral digno para la entrega, vuestra aceptación fluyó con la levedad de quien consiente un juego solo para apresurar el desenlace. No os culpo por buscar la luz del sol; es la naturaleza de la flor. Mi dolor radica en descubrir que mi sombra era demasiado vasta para vuestro jardín.

Debéis saber, aunque mi lengua tenga vedado el detalle, que mi existencia no solo se debe a la fe, sino a un deber que habita en las sombras. Sirvo a una orden de vigilancia perpetua, un oficio de secretos y lealtades invisibles que me otorga visión donde mi cuerpo no está presente. No necesité profanar mi estancia en vuestro aquelarre para conocer la verdad: los cuervos de la memoria trajeron a mí la imagen de vuestra figura junto a la de un extraño de gran alzada. La verdad, para quien ha jurado vivir en ella, es una espada que corta sin necesidad de tocar la piel.

He visto vuestras proclamas, citando versos sobre despertares ajenos y huidas bajo la luz primera. No es el vino lo que me inquieta, sino vuestra fascinación por el destello que ciega y se extingue. ¿Cómo podría yo reconocer a la custodia de mi descendencia en una Doncella que, hoy por hoy, prefiere la ceniza caliente de un instante antes que avivar el fuego sagrado del hogar? Nuestros relojes marcan eras irreconciliables: el vuestro es súbdito de las fases lunares que cambian y mueren; el mío, permanece fijo como la estrella polar.

✠ EPÍLOGO. LA PROVIDENCIA DEL CABALLERO ✠

Comprendí entonces la naturaleza de vuestra búsqueda: una caza del afecto, movida por el temor cerval al silencio del alma. Mi senda, sin embargo, obedece a leyes antiguas. Como dicta el mandato templario, el amor no se persigue: se merece. Se aguarda con el alma purificada y el arma envainada hasta que la Providencia decide entregar el fuego.

Mas debo ser leal a mi propia sombra: aun si vuestra alma fuera roca, mi espada no admite hoy distracciones. Mi guerra es invisible y absoluta, y mientras el horizonte reclame mi vigilia, no hay espacio en esta trinchera para la suavidad de una esposa. El Centinela no puede abandonar el muro para cultivar un jardín. Mi destino, por ahora, es la soledad del baluarte, no el calor del lecho.

No puedo caminar junto a quien corre tras sombras fugaces, y tampoco puedo ofrecer paz quien solo respira batalla. Pero sabed esto, Doncella de las Mil Caras: aunque mi guardia sea solitaria, si alguna vez la niebla se disipa y el mundo real os hiere, sabréis dónde encontrar la roca. Pues el Centinela no olvida lo que una vez juró proteger, aunque sea desde la distancia del exilio.

In Aeternum,

— G.

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